Reflexiones de estilo: Sobre el uso de colores fuertes

Reflexiones

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Una de mis formas favoritas de hacer investigación de moda es documentando y reflexionando sobre mis prácticas de vestir. Al hacerlo, atravieso un proceso de introspección en el cual cuestiono no sólo las prendas que escojo usar—tanto en el diario vivir como en ocasiones especiales—sino también las razones que se encuentran detrás de mis elecciones. Es un proceso de auto-etnografía que me permite explorar la relación entre mi cuerpo, su extensión material en la ropa, y el contexto social en el que habita.

El cuerpo vestido, dice Joanne Entwistle, es un “objeto situado dentro el mundo social”. En otras palabras, el cuerpo vestido no es simplemente un resultado de nuestros pensamientos y emociones individuales; es el resultado, además, del contexto social en el que vive. El vestido, entonces, funciona como parte de nuestra piel: divide nuestro ser de los demás, es una extensión de nuestro cuerpo, incluso de nuestra alma. El vestido es una expresión de cómo aprendemos a vivir en nuestros cuerpos, a sentirnos cómodos en ellos.

Reflexiones de estilo: Sobre el uso del traje de princesa en el diario vivir

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Mi hermana siempre ha sido un personaje, especialmente cuando se trata del vestir. Cuando era una niña, siempre andaba por toda la casa en bikini, asegurando que el clima bogotano, tan perfectamente frío, era demasiado caliente para usar más ropa. También se obsesionaba con sus disfraces de Halloween y los usaba durante meses. Tal vez el más memorable fue uno de Bella, la princesa de Disney que protagoniza La bella y la bestia. El vestido estaba hecho en tela tornasolada con lentejuelas doradas, y venía acompañado de su coronita y taconcitos brillantes de plástico que le hacían juego. Y estoy segura de que la única razón por la cual mi hermana lo dejó de usar fue porque el vestido se volvió pedazos de tanto que lo usó.

Siempre que pienso en nuestra infancia, la imagen de mi hermana caminando como una Reina en su vestidito dorado viene a mi mente. Y hasta hace unos días, siempre me reía y pensaba por qué preferiría usar un incómodo vestido de lentejuelas en lugar de una sudadera o incluso sus amados vestidos de baño. Pero después de sentirme como una princesa en mi propio vestido hace unos días, creo que por fin la entiendo.

Me puse este hermoso vestido rosado, adornado con florecitas y salpicado con lentejuelas, que me hizo sentir como una verdadera princesa, para el baile en beneficio del Apollo Circle. El peso del vestido fue lo que me mantuvo de volar al país de las maravillas, pero creo que nunca me había sentido tan bien en la vida. Y, aunque vivir en Nueva York no me permitiría usarlo todos los días, si pudiera lo haría.

Es increíble el impacto que la ropa tiene en nosotros, en nuestra forma de sentir y ver el mundo, en nuestro psyche. Con mi vestido rosado me sentía, más que como una princesa, poderosa y divina. Sentía que podía conquistar el mundo si quisiera… Puedo llegar a asegurar que me sentía más cerca de mi verdadero ser de lo que jamás he estado. Y es que cada aspecto del vestido contribuía a esta increíble sensación: hasta el sonido del tul cuando me movía, el swish de la falda cuando rozaba el piso al caminar, y la forma en que la tela abrazaba mi cintura y bajaba hasta cubrirme los pies.

Pero, al final de la noche, cuando volví a casa y me quité el vestido, toda la magia desapareció, al mejor estilo de Cenicienta. Y aunque no he podido parar de pensar en esa noche, de ver las fotos y tratar de recordar la sensación, nunca es igual cuando uno está usando jeans o un abrigo o una falda de paño.

Así que ahora entiendo.

Mi hermana no usaba su disfraz porque le gustara la piquiña de las lentejuelas, ni porque fuera una niña demasiado rara—aunque yo siempre lo pensé—. Lo usaba porque la dejaba sentirse empoderada y hermosa y todas esas cosas buenas que a veces no logramos con la ropa aburrida del diario vivir.

Pero si la ropa normal del diario es aburrida, ¿cómo se supone que vamos a vivir felices por siempre?

Creo que la principal razón por la que me sentí tan empoderada en mi vestido rosado fue porque lo compré sin pensar en las opiniones de los demás, sin tener en consideración las tendencias actuales, e incluso sin preocuparme por que fuera a ser “demasiado.” Lo compré porque, en el momento en que me lo vi puesto en el espejo, el mundo desapareció, el tiempo paró, y todos mis sentidos se sumergieron por completo en la belleza de la experiencia. Fue magia pura.

Desafortunadamente, usar mi belleza rosada todos los días no es una posibilidad, porque sería demasiado. Pero la magia que sentí usándolo sí debería regir nuestras prácticas de vestir en el diario vivir. Nuestra ropa siempre debería darnos esa sensación imparable de empoderamiento, y el proceso de vestirnos debería incluir la lucha por lograr una satisfacción completa, felicidad pura, y la verdad de nuestro ser.

Así que he decidido, al menos por ahora, de olvidarme de las tendencias y de la nueva prenda “it” o de las prendas más nuevas en Moda Operandi y Net-A-Porter. En lugar, he decidido encontrar algo de verdad a través de mi ropa. He decidido que quiero expresar mi propio sentido del arte, mi personalidad y mis creencias a través de la ropa que uso. Y, lo que es más importante, quiero sumergirme en una exploración sartorial que, en lugar de someterme a la ansiedad de alcanzar la velocidad imparable de las tendencias, me ayude a encontrar mi verdadero ser a través de uno de los fenómenos sociales que más me fascinan: la moda.

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Entre tenis y tacones: Una reflexión sobre el uso de zapatos en Nueva York

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Mucho se ha discutido en la historia de la moda sobre los tacones. Hace poco, en la exposición “Killer Heels,” llevada a cabo en el Museo de Brooklyn en la Ciudad de Nueva York, se reunieron más de 160 zapatos de tacón, antiguos y contemporáneos, como una forma de explorar lo que es considerado como el accesorio más provocativo de la moda.

La exposición, que era algo así como una oda a los tacones, los presentaba como un elemento multifacético, esencial en el guardarropa femenino; un elemento que ha servido como declaración de moda, objeto de fetiche, instrumento de poder y expresión artística a través de los años. Bajo una línea parecida, hay quienes argumentan que los tacones—de una forma similar al corset—y la vestimenta “ultrafemenina” empodera a la mujer para que ella pueda ser quien quiere ser. Sin embargo, no todas las miradas a este fascinante accesorio han sido tan positivas, y algunos estudiosos de la moda, como Gilles Lipovetsky, los han acusado de ser un elemento para someter a las mujeres, pues les impiden moverse libremente.

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Fotografía de Ashley Jahncke

Pero más allá de los tacones como objeto, como accesorio de empoderamiento o sumisión, es clara la fascinación que existe entre las mujeres por este tipo de zapato. Para muchas de nosotras resulta fácil recordar épocas de infancia en que jugábamos con los tacones de nuestras mamás o hermanas mayores, y recordamos, más adelante, el tan anhelado momento en que por fin fuimos dueñas de nuestro primer par. Los tacones siguen siendo un elemento esencial de la vestimenta de ocasiones especiales, y los usamos constantemente para ir a fiestas o cuando nos queremos “ver bien vestidas.”

Cuando pensamos en ciudades como Nueva York, es fácil que vengan a nuestra mente imágenes de Carrie Bradshaw y sus amigas de Sex and the City caminando por la ciudad en altos tacones y hermosos atuendos, muy a la moda. Y algo similar sucede al pensar en Serena Van Der Woodsen y Blair Waldorf en Gossip Girl. Para ellas, y seguramente para muchas mujeres del mundo real, los tacones parecen ser un elemento indispensable en su día a día y una de las principales características de su estilo personal. Sin embargo, vale la pena preguntarse ¿hasta qué punto es esta “estampa de estilo” un elemento verdadero en una ciudad como Nueva York? ¿Cuántas mujeres pueden, en realidad, pasearse por las calles de la ciudad usando altísimos tacones?

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Foto de Nabile Quenum para Teen Vogue

Varios sociólogos han escrito sobre el nacimiento y desarrollo de grandes centros urbanos, como Nueva York, después de la industrialización, y concluyen que las principales características de estas ciudades son el rápido movimiento y la anonimidad de las personas que viven en ella. Walter Benjamin, por ejemplo, estaba fascinado con la modernidad en el ambiente urbano y con la constante aceleración y acumulación de “debris” en la vida citadina. Henri Lefebvre, por su parte, asocia el proceso de modernización de París con el desarrollo de la cultura de consumo masivo, de la cual las industrias del cine y la televisión hacen parte hoy. Para De Certeau, sin embargo, la experiencia urbana se centra, de alguna forma, más en los elementos de opresión que se dan a partir de rangos estructurados existentes en la sociedad, y el uso de productos no es nada más que el resultado de una imposición por parte de la estructura política del poder en la sociedad.

La aceleración del ritmo de la ciudad, que explora Benjamin, es tal vez una de las características más fáciles de distinguir en Nueva York. El que visita la ciudad puede notar el rápido movimiento en las calles y las vidas de las personas en cuestión de horas, mientras que el nativo extraña tanto movimiento al abandonar la ciudad por periodos de tiempo relativamente cortos. Tanto movimiento se vive no sólo en las rutinas cotidianas de las personas que habitan en la ciudad, sino también en el movimiento de los productos de consumo de los que tanto habló Lefebvre. Las vitrinas de los almacenes cambian constantemente, especialmente si se trata de alguno de los gigantes del fast fashion, como Forever21 o H&M, y si uno se para unos minutos en Times Square y mira todas las pantallas que iluminan este pequeño pedazo de ciudad puede darse cuenta que en cuestión de segundos una infinidad de productos de consumo pasan frente a sus ojos.

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Fotografía de Ashka Shen

Este movimiento tiene un claro traslado a las vidas de las personas que habitan la ciudad, que deben transportarse en metro o en bus y que, en la mayoría de los casos, deben atravesar la ciudad múltiples veces al día para ir a su lugar de trabajo y hacer parte de las múltiples actividades que caracterizan sus días. El metro, muchas veces lleno de personas, en que uno es empujado, rara vez encuentra asiento, y pocas veces logra no sentir que se va a caer cuando frena al llegar a una estación, es sin lugar a duda el medio de transporte de la mayoría de neoyorquinos. Pero este metro, por las mismas condiciones, es el principal factor que hace casi imposible el uso de tacones para cualquier mujer.

Entre tenis y tacones

Especialmente basadas en la idea de la mujer que trabaja y se mueve alrededor de la ciudad, surgió la figura de la “Working Girl,” aquella mujer trabajadora que anda por la ciudad perfectamente presentable en su traje, pero con un elemento que parece no cuadrar muy bien: los tenis. Al llegar a la esquina del edificio donde trabaja, ella para y sin ningún problema cambia sus tenis por los tacones que trae escondidos en su cartera y entra orgullosa al edificio. Más de una vez, sobre todo en mis primeras visitas a Nueva York hace más de diez años, recuerdo ver estas valientes mujeres, especialmente en temporada de verano, y pensar si algún día llegaría a ser una de ellas. Pero más recientemente, podría decir que esta tendencia se ha ido desvaneciendo y que, de alguna forma, el estereotipo de la mujer trabajadora se ha ido perdiendo con ella.

Hay dos posibles razones para justificar esto. La primera, y tal vez más obvia, está relacionada con su veracidad. Sí, es cierto que muchas mujeres preferían usar zapatos más cómodos en sus trayectos desde y hacia el trabajo, pero esto no quiere decir que sea la norma. Esto, por ejemplo, sucede también en las mujeres que llevan ballerinas entre sus carteras cuando salen en las noches, para poder quitarse los tacones cuando vayan a volver a sus casas cansadas de bailar. Pero que algunas decidan hacerlo no quiere decir que sea una tendencia general que aplique para todas las mujeres. De una forma similar al uso de tacones, que para algunas de nosotras parece ser imposible en una ciudad tan movida y grande como Nueva York, el uso de tenis y el cambio de zapatos parece ser más un mito que una realidad. Pero para las que lo aplican a diario seguramente sucede lo contrario: es más realidad que mito.

La segunda razón, que es particularmente válida en este momento del tiempo, puede estar relacionada por esa nueva apreciación por la ropa casual y “normal” que está viviendo la juventud. Después de haber visto tantas extravagancias en el mundo de la moda, pasando por los pesados corsets metálicos del siglo XVIII y llegando a las plataformas y los estampados de la década de los ochenta, parece haber un nuevo movimiento que adora la simplicidad y basa su estilo casi exclusivamente en ella. Esta nueva tendencia no sólo rechaza el uso de tacones extravagantes, sino que adopta con aprecio el uso de tenis y botas de montañismo. Esta tendencia, probablemente también ligada a una generación que se ha alejado de los trabajos tradicionales y de sectores como las finanzas y la economía, para brindar un nuevo auge al mundo del arte y el diseño, ha dado espacio para que los tacones pasen a tener un lugar secundario en la vida de muchas mujeres, y que esto sea aceptado.

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Fotografía de Ashka Shen

Sin embargo, nuevamente, el que haya una gran corriente que haya optado por la simplicidad y el estilo “normal” no quiere decir que los adornos excesivos en el vestir hayan desaparecido. Vemos, por ejemplo, los diseños de Dolce & Gabbana y Moschino, que parecen ser todo menos normales o sencillos. Y vemos, también, a personajes como Anna Dello Russo y Chiara Ferragni que se visten con este tipo de diseños de pies a cabeza, creando atuendos que son todo menos “normales.” Estas dualidades que vemos en las formas de vestir es una de las características más fascinantes de la moda. La moda es buena y mala a la vez, como muchos críticos se han encargado de afirmarlo; la moda empodera a la mujer al darle un espacio para la expresión personal y la creación de identidad, pero al mismo tiempo la somete de forma opresiva a estándares casi imposibles. Y esta dualidad es lo que refleja el uso de zapatos en Nueva York. En una ciudad conocida como la Meca de la moda en América y, tal vez, el mundo, es natural sentirse presionada por verse bien. Pero cuando este “bien” se debate entre seguir la más nueva tendencia de amor por los tenis y la tradicional fascinación por los tacones, ¿cómo hacer para escoger? Mas aún, si el verse bien está sujeto a atravesar rápidamente las calles de la ciudad, subir y bajar escaleras, y tratar de no perder el equilibrio en los atestados vagones del metro, ¿resulta mejor ponerse tacones, llevarlos en la cartera o renunciar a ellos del todo y optar por la nueva tendencia de los tenis?

*Este artículo fue escrito en colaboración con Vanessa Rosales para Inédito.co