Consideraciones sobre el sexo y la forma moderna — Anne Hollander

[…] He usado la sastrería masculina como la fundación de mi historia porque he llegado a creer que la vestimenta masculina siempre fue más avanzada que la femenina a lo largo de la historia y ha logrado liderar el camino, establecer el estándar, hacer proposiciones estéticas a las cuales la moda femenina simplemente respondía. La ropa masculina ha sido más interesante, innovadora y menos conservativa que la de las mujeres dese la Edad Media; y encuentro en la invención del traje moderno un ejemplo de la misma tendencia. Pero también creo que cualquier consideración verdadera de la vestimenta debe considerar juntos a los dos sexos, así que lo continuaré haciendo en el resto de estas especulaciones.

En la moda moderna, la sexualidad de la ropa es su primera cualidad; la ropa se refiere a la personalidad antes que nada y solo después al mundo. Los niños aprenden que la ropa les da una identidad privada, definiendo ideas internas sobre el cuerpo personal, que comienzan con ideas sobre su sexualidad. En el proceso continuo de definición, el vestido público de los adultos eventualmente se convierte en un gesto recíproco en un mundo generalmente bi-sexuado. La agitación popular presente por el travestismo solamente muestra cuán profundamente seguimos creyendo en la separación simbólica entre hombres y mujeres, así los dos se vistan prácticamente igual en muchas ocasiones.

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Pero sin importar qué tan similar parezca la ropa de los hombres y las mujeres, o qué tan diferente, los arreglos de cada uno siempre se hacen con respecto al otro. La ropa de hombres y mujeres, conjuntamente, ilustra lo que muchas personas quisieran que fuera la relación entre hombres y mujeres, además de indicar la paz que hace cada sexo con la moda o la costumbre en un momento determinado. Sin mirar lo que usan los hombres, es imposible entender lo que usan las mujeres y viceversa.  La historia del traje, incluyendo su historia corriente, hasta ahora tiene que ser percibida como un dueto para hombres y mujeres presentándose en el mismo escenario. Puede llegar un tiempo en el que la sexualidad no sea visualizada en la ropa como dividida perfectamente en dos categorías principales; pero todavía está muy lejano.

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En el momento neoclásico, los trajes a la medida pusieron el sello final de desaprobación a la ropa llamativa para los hombres serios de cualquier clase social. Al mismo tiempo, confirmaron y autorizaron una separación visual afilada entre el vestido de los hombres y el de las mujeres de cualquier clase social. Las formas fuertes y simples del diseño moderno, tal y como fueron concebidas en la arquitectura Neoclásica, eran entonces percibidas como naturalmente masculinas. La teoría estética de aquel tiempo está repleta de palabras como “viril” y “muscular” para describir el carácter propio de los edificios creados con la nueva simplicidad de forma que estaba basada en prototipos antiguos. El análogo en el vestido ocurriría, naturalmente, en el traje civil masculino, y no en la moda femenina. Desde hace rato se entendía que las mujeres debían seguir los hábitos viejos de la decoración que alguna vez fueron compartidos por ambos sexos, y que seguían siendo considerados un privilegio duradero de las mujeres, tal vez incluso su obligación. La adherencia de las mujeres a la exhibición variada es algo que ha hecho de su ropa esencialmente más conservadora que la de los hombres. En el momento Neoclásico fueron los hombres, no las mujeres, quienes tomaron un salto radical moderno en la moda.

Ese periodo coincidió con el comienzo del movimiento Romántico, cuando la aguda tensión entre los sexos era en sí una necesidad imaginativa; las diferencias entre la moda en la ropa para ambos sexos ilustran claramente esta idea. Desde aquella corta época (con un impulso preparatorio durante la generación anterior) data la costumbre de poner solamente a las mujeres en adornos coloridos y ornamentados y de vestir a los hombres en formas simples, opacas y sin decoración. La moda, en adelante la moda del mundo moderno, se movería sobre un camino distintivamente dividido por primera vez en los cientos de años de su historia, tomando dos caminos separados, que solamente han comenzado a converger ahora. Entonces, la distinción entre la ropa masculina y la femenina se hizo un tema más volátil que nunca. Creó la característica más marcada de todo el periodo moderno hasta la época desintegrativa del presente.

Al comparar la historia del traje antes de alrededor de 1800 con lo que vino después, se puede ver de lo que está hecha la modernidad sartorial y las cualidades que distinguen la ropa del mundo moderno. El vestido femenino siempre hace una fuerte demanda visual, casi teátrica, pero la sastrería masculina establece el estándar verdadero. Este traje al que me refiero además incluye sus versiones informales, la ropa deportiva y la ropa para el tiempo libre en el campo, que comparten la escena con la ropa formal urbana masculina para el trabajo y la diversión. La ropa de trabajo, las chaquetas de leñador y los jeans de ganadero, fueron también parte del esquema general y se desarrollaron al mismo tiempo, a comienzos del siglo XIX. La ropa masculina para jugar golf y tenis, para cazar, disparar, navegar o pescar, puede tener partida en el esquema, a pesar de sus grandes diferencias cuando se consideran desde el punto de vista estrictamente de uso social. Las “modernizaciones” graduales en el traje femenino desde 1800 han consistido principalmente en tratar de acercarse más al ideal masculino, utilizando una variedad de sus motivos.

Este ideal ofrece un sobre completo para el cuerpo que está hecho de piezas desprendidas, separadas, en capas. Los brazos, las piernas y el tronco son indicados visiblemente pero no estrechamente ajustadas, de modo que los movimientos amplios del torso o las extremidades no hacen demasiada fuerza sobre las costuras o los cierres, y los bultos y marcas de la superficie individual del cuerpo son pulidos armónicamente, jamás modelados enfáticamente. Los distintos elementos del traje se sobreponen, en lugar de conectarse unos con otros, facilitando así una mayor movilidad física, sin crear brechas extrañas en la composición. El traje completo puede, entonces, asentarse naturalmente cuando el cuerpo deja de moverse, de modo que su propia elegancia se recupera sin esfuerzo después de la contienda repentina. Mientras tanto, la expansión lánguida causará que que el traje pierda su ajuste fácil para crear dobleces casuales atractivos, que forman un escenario fluido de notas graciosas para el cuerpo relajado y que, además, reanuda amablemente una forma fluida si el que lo usa debe levantarse y pararse rápidamente.

El traje es entonces socialmente formal e informal al mismo tiempo, obediente al andar (flow) de las circunstancias. Los elementos decorativos se integran al esquema completo (overall), de modo que nada sobresale, se resbala, se tuerce, se magulla, se queda sin fuerzas o agarra alguna cosa indeseada. Todo esto combina la armonía invencible del diseño independiente con la facilidad del uso y un verdadero eco de la forma del cuerpo y la acción subyacentes. Es universalmente adulatorio porque no insiste en el detalle específico corporal. Refleja los principios estéticos de la modernidad que fueron concebidos a partir de las aspiraciones Neoclásicas de finales del siglo XVIII, del mismo modo que los impulsos democráticos modernos. Y como ellos, propone un ideal de orden auto-perpetuado, flexible y casi infinitamente variable.

La moda femenina después de 1800, en contraste, ha sugerido constantemente ideas bastante distintas, ninguna de ellas del todo moderna, y casi todas siguiendo la costumbre sartorial antigua y general. El efecto de la demostración deliberada sienta el tono, apoyada por el efecto del problema deliberado que causa el propósito —sombreros elaborados, calzado difícil, cosméticos, decoraciones y accesorios extraños, constricción y extensión—. Enfatizaría en que este esquema encarna el carácter prescrito para la elegancia de ambos sexos en épocas pasadas alrededor del mundo, tanto en estilos de moda como tradicionales, y para personas respetables de casi todas las capas de la sociedad.

La vestimenta femenina de los siglos XIX y XX simplemente se mantuvo. Continuó demostrando el propósito primal y con frecuencia sagrado original del vestido, lo que representa, en términos de las aplicaciones corporales auto-impuestas y aparentes (noticeable) —que pueden incluir la distorsión y desfiguración— las aspiraciones espirituales, las proyecciones imaginativas y los sacrificios prácticos que dividen los adultos humanos respetables de los infantes descuidados y las bestias inocentes. Ésta es una idea grandiosa y profunda pero no es moderna.

No hubo nada moderno en la vestimenta femenina moderna hasta que se logró la imitación femenina del esquema moderno masculino durante el curso del último siglo. Las mujeres emancipadas que buscaban modernizar su ropa no encontraron una mejor forma que la imitación de lo que los hombres habían hecho un siglo antes, copiando la idea de un sobre suelto que revelaría claramente su forma, sugiriendo aquella del cuerpo debajo de él, y permitiría el movimiento concertado del vestido inventado y el cuerpo viviente juntos. La ropa femenina de las décadas de 1920 y 30 alcanzaron el ideal moderno; pero se mantuvieron dentro del esquema distintivamente femenino y los sexos mantuvieron su separación tradicional. La creencia universal antigua de hacer del vestirse un problema visible continuó en la moda femenina moderna, promoviendo las curiosidades y las variedades que, en esencia, componen una vieja historia. Esto significaba que los hombres no tenían nada fundamentalmente nuevo e interesante que aprender de la ropa femenina durante el periodo; su modernización ya estaba completa. Hacía rato que habían superado los cosméticos, el cabello cuidadosamente encrespado, los zapatos problemáticos y la decoración elaborada. La moda masculina, en cambio, continuó modificando la concepción de la sastrería Neoclásica, con algunos avances interesantes que estuvieron usualmente inspirados (como lo estuvo el esquema original) en la ropa masculina deportiva, la ropa de trabajo y el traje militar y naval. La vestimenta masculina, comprometida con el “look” moderno del diseño formal integrado sin esfuerzos tendió a esconder cualquier incomodidad y problema que podría producir al que lo usa.

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Traducción de un fragmento de la introducción de Anne Hollander a su libro Sex and Suits: The Evolution of Modern Dress (Londres: Bloomsbury, 2016).