Prestándome la ropa “masculina”

borrowedfromtheboys1

Nunca me he sentido cómoda con la idea de un estilo especialmente “masculino” o “femenino”. Desde muy pequeña, comencé a cuestionar algunos de los ideales de género que aprendemos a la hora de vestir: que el azul es para niños y el rosado para niñas (nunca fui muy amante de ninguno de los dos); que hay que usar aretes y tener el pelo largo para verse femenina; que hay que usar falda y tacones para convertirse en una mujer elegante (uno se puede ver igual de bien con pantalón y zapatos planos).

Sí, amo los vestidos. Y durante muchos años usé tacones con relativa frecuencia —ahora mis largas jornadas de clase y estudio en archivos lo impiden—. Pero también amo un toque masculino en la ropa, de vez en cuando.

borrowedfromtheboys

Amo la silueta de un pantalón con corte recto. Y la de este chaleco largo, inspirado en los tradicionales sastres masculinos, que casi nunca me quito —es perfecto para el clima de Bogotá: no muy caliente ni muy frío—. Amo la comodidad de los zapatos planos, inspirados en los “Oxfords” que los hombres llevan siglos usando. Eso sí, siempre con algún toque más tradicionalmente femenino: labial y varios anillos (aunque mi mamá se quejaría por el tono oscuro del labial… nuevamente, muy “masculino”).

borrowedfromtheboys

Pero el punto aquí es: ya no nos prohiben usar pantalones, ni zapatos planos, ni abrigos masculinos. Ya no nos prohiben ni siquiera tomar prestada la ropa de nuestros novios (antes lo hacían, con leyes que dictaban qué se podía poder quién).

¿Por qué seguimos, entonces, siguiendo tantas normas, ya pasadas de moda, que nos dicen cómo vestirnos?

**Esperen más pronto**

EN ESTA ENTRADA

Chaleco de Rinascimento // Saco cuello-tortuga vintage, comprado en el Salvation Army (Nueva York) // Pantalón de J.Crew, comprado de segunda en Crossroads (Nueva York) // Zapatos de Albano // Anillos vintage (fueron regalos de primera comunión)