La Gran Renuncia Masculina

John Carl Flügel (1884–1955) fue uno de los fundadores de la Sociedad Psico-Analítica de Londres y contribuyó, a través de sus publicaciones, a la popularización del psicoanálisis en Inglaterra. Para los teóricos culturales, la fama de Flügel se basa en sus estudios de lo que él llamó “la Gran Renuncia Masculina.” Esta frase describe la transformación aparentemente repentina de la moda masculina de la élite de los estilos brillantes de la corte francesa a la oscuridad austera del banquero inglés. La nueva norma, que previene a los hombres de gozar de las bellezas del lujo y el buen vestir, no ha dejado de ser un componente importante de la masculinidad, aunque existan varios ejemplos que la contradicen.

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La Gran Renuncia Masculina y sus Causas

—J.C. Flügel, en La Psicología de la Ropa (1930)

Si, desde el punto de vista de las diferencias de sexo en la ropa, las mujeres ganaron una enorme victoria en la adopción del principio de la exposición erótica, se puede decir que los hombres sufrieron una gran derrota en la reducción repentina de la decoratividad sartorial masculina, que se llevó a cabo hacia finales del siglo XVIII. Por aquella época, ocurrió uno de los eventos más extraordinarios en la historia del traje; uno que todavía influye en nuestras formas de vida y que ha atraído muchísima menos atención de la que merece: los hombres cedieron su derecho a todas las formas de ornamentación más radiantes, alegres, elaboradas y variadas, dejándolas enteramente a las mujeres, y haciendo, así, su propia vestimenta la más austera y ascética de las artes. En términos sartoriales, este evento ciertamente debería ser considerado como “la Gran Renuncia Masculina”. El hombre abandonó su pretensión de ser considerado bello. Aspiró, en adelante, solamente a ser útil.

¿Cuáles fueron las causas de esta Gran Renuncia?

Quienes han considerado el tema coinciden en que las causas de la Gran Renuncia Masculina son de naturaleza política y social, asociadas íntimamente, en sus orígenes, con la Revolución Francesa. Uno de los propósitos fundamentales del vestido ornamental era enfatizar sobre las distinciones de rango y clase. Al proclamarse los principios de “libertad, igualdad, fraternidad” de la Revolución Francesa, la magnificencia y la elaboración del vestido típicas del antiguo régimen debieron ser abolidas con él.

Hubo dos formas, en particular, a través de las cuales las nuevas aspiraciones revolucionarias tendieron hacia la creación de una nueva simplificación del traje masculino. En primer lugar, la doctrina de la hermandad de los hombres era incompatible con el uso de ropa que resaltara las diferencias en riqueza y estatus. Así, se buscó resaltar la humanidad común entre los ciudadanos a través de una nueva uniformidad de la ropa masculina. Esta simplificación fue reforzada por un segundo aspecto del cambio general en ideales traído por la Revolución: trabajar se hizo respetable. Y así se popularizó y democratizó el uso de un uniforme cómodo y de fácil cuidado para el emergente trabajo de oficina en la ciudad (aunque el proceso de democratización de la moda todavía no se ha completado).

Pero estos cambios no se hubieran podido dar sin la operación de poderosas inhibiciones psíquicas. De hecho, se puede asegurar que, en asuntos sartoriales, el hombre moderno tiene una conciencia más severa y rígida que la mujer y que la moralidad del hombre tiende a encontrar la expresión en su ropa en un grado más alto que en el caso de las mujeres. No es sorprendente, entonces, que la ropa del hombre moderno abunde en características que simbolicen su devoción a los principios del deber, la renuncia y el auto-control. El sistema relativamente fijo de la ropa masculina es, en su totalidad, un signo exterior y visible de la adherencia estricta al código social (aunque, al mismo tiempo, a través de sus atributos fálicos, simboliza las características más fundamentales de su naturaleza sexual).

La naturaleza social de la diferenciación sexual implicada. Una mayor uniformidad en el traje ha sido acompañada de una mayor simpatía entre un individuo y el otro y entre una clase y la otra; no tanto porque el uso del mismo estilo general de ropa produzca un sentido de comunidad, como porque remueve algunos de los factores socialmente desintegradores que suelen ser producidos por las diferencias en el traje. Si la uniformidad insípida en blanco y negro de las vestimentas masculinas es una falta de romanticismo, también es la ausencia de la envidia, la celosía, los mezquinos triunfos y derrotas, las superioridades y las malevolencias engendradas por las —sin duda más poéticas— diversidad y alegría de los vestidos femeninos.

Si la simplificación del traje masculino es la abolición del esnobismo de la riqueza a través del traje, ¿por qué no pasa lo mismo con el traje de las mujeres? Tal vez el confinamiento de la renuncia al ornamento en el vestir a un solo sexo sea una consecuencia de la diferencia general entre los sexos. En la historia de la humanidad, los hombres con frecuencia han jugado un rol más importante en la vida social y han sido más fácilmente influenciados por factores sociales que las mujeres —aunque no podemos saber si esto es resultado de una susceptibilidad innata a la influencia del grupo superior en los hombres o una consecuencia de la división natural de la labor entre los sexos y las tradiciones que de ella surgen—. Pero si reconocemos la mayor participación de los hombres en la vida pública, no es sorprendente que la mayor uniformidad y menor decoración de los trajes masculinos sea el resultado de un conjunto de factores políticos y sociales. Además, si reconocemos que los obstáculos más grandes para la transformación del traje femenino han sido el narcisismo y la competencia sexual —antagonistas de las influencias sociales y características comunes de las mujeres—.

Efectos en la psicología masculina. ¿Cómo han sido los hombres capaces de soportar el sacrificio que el nuevo orden les ha impuesto? En general, pareciera que el deseo conectado con la satisfacción de vestirse ostentosamente es inhibido o desplazado hacia otra forma de expresión. En general, se dan ambos procesos simultáneamente: muchos hombres reconocen la fealdad de sus vestidos frente a los de las mujeres pero emplean la energía que antes gastaban vistiéndose en otros esfuerzos y en un interés más amplio por el mundo. Así, el deseo exhibicionista de ser visto se ha convertido en un deseo de ver, en una contemplación del otro sexo y del saber. Tal vez por esto no sea coincidencia que, con la Gran Renuncia Masculina de finales del siglo XVIII, se dio un periodo de gran progreso científico.

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Resumen y traducción de “The Great Masculine Renunciation and Its Causes from The Psychology of Clothes (1930). J.C. Flügel,” en The Rise of Fashion, editado por Daniel Leonhard Purdy (pp. 102–108).