Breve historia del vestido de novia

Es fácil imaginarse un vestido de novia: blanco (o similar, llámese marfil, hueso, perla o champaña), absolutamente esplendoroso y, de alguna forma, una personificación de la mujer que lo usa. Muchas veces, también, es un vestido único: la novia lo usa para su gran día y después lo archiva en su baúl de recuerdos, para no ponérselo nunca más. Pero no siempre fue así: el color blanco de los vestidos de novia es una invención moderna; de hecho, la misma existencia de una prenda especial para el día de la boda es relativamente reciente.

Tal vez los primeros vestigios del vestido de novias se encuentran en Babilonia, Sumer y Asiria, en donde se llevaba a las jóvenes para ser vendidas en una especie de mercados de esposas. Las mujeres eran escogidas por sus futuros maridos de acuerdo con su belleza. Resulta casi imposible concebir que no fueran vestidas de manera especial para resaltar sus atributos y, así, incrementar su valor.

Pero los primeros en emplear un verdadero traje ceremonial especial para celebrar la unión matrimonial de parejas fueron los chinos. Hace unos tres mil años atrás, la Dinastía Zhou impuso la obligación de usar ciertos colores en las celebraciones matrimoniales: novia y novio debían usar batas negras con metidos rojos sobre una prenda interior blanca, siempre visible. Esta imposición continuó bajo la Dinastía Han (que asumió al poder cerca del año 200 a.C.) que, además, introdujo el uso de distintos colores para las diferentes estaciones: verde en la primavera, rojo en el verano, amarillo en el otoño y negro en el invierno. Y aun hoy, las novias chinas usan, como una especie de talismán, el famoso “traje fénix” de color escarlata en el día de su boda.

En Occidente, la historia es algo distinta: en lugar de conformarse como parte de un edicto real, el vestido de novias es más bien el resultado de un proceso social algo más complicado.

The Story of Esther
Frente del baúl (cassone) narrando la historia bíblica de Ester, creado alrededor de 1460–70. La ilustración representa la boda de Ester en el contexto de la Florencia del siglo XV. La novia es presentada con un lujoso traje hecho con hilos de oro. Imagen cortesía del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Ya en el Renacimiento, se celebraban esplendorosas bodas de los más importantes personajes de la sociedad. En Florencia, por ejemplo, se acostumbraba vestir a las novias con sus mejores vestidos —con frecuencia en tonos dorados o con brocados de oro sobre fondos de colores vivos—, para llevarlas (a veces montadas sobre un caballo blanco) en una grandiosa procesión desde la puerta de su hogar hasta la casa de su marido. Por esta época el matrimonio era más un intercambio de bienes —entre ellos las mujeres de la familia— y una estrategia de negocios que buscaba expandir la red comercial familiar, entonces era más que lógico que las mujeres fueran vestidas en los más lujosos vestidos para demostrar las riquezas familiares. El intercambio de familias muchas veces se demostraba en insignias y símbolos de las dinastías familiares, incluidos sus escudos de armas, que eran incluidos en los motivos decorativos de los vestidos. Además, como la única misión de la mujer era mantener la fidelidad de su marido y procrear hijos varones, sus vestidos eran adornados con joyas de todo tipo para protegerlas del mal y concederles fertilidad: las perlas y el coral rojo eran las más comunes.

Durante siglos, se mantuvo la tradición de que la mujer usara su mejor vestido, sin importar el color para su boda. Y, casi a modo de excepción, algunas de las más importantes mujeres en las cortes europeas eligieron casarse de blanco. La primera fue la Princesa Philippa de Inglaterra, quien usó una túnica blanca con forro de armiño para su matrimonio con el Rey Eric de Escandinavia en 1406. En 1558, María, Reina de los Escoceses, usó un vestido blanco para su boda con el futuro Rey de Francia, sin importarle que, para entonces, el blanco era considerado un color de luto en la corte francesa. En 1816, la Princesa Carlota de Inglaterra usó un vestido de lamé de plata con corte imperio para su boda con el Príncipe Leopoldo de Saxe-Coburg-Saalfeld. Y, en general, muchas mujeres de la nobleza y familias adineradas eligieron usar vestidos blancos para sus bodas —y otras ocasiones especiales— porque éste era el color más lujoso en aquella época: costoso por las dificultades técnicas para blanquear las telas y difícil de mantener por el poco acceso a detergentes que mantuvieran su color.

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La Reina Victoria narra en su diario que para su boda con el Príncipe Alberto usó “un vestido de satín blanco, con un volante profundo de encaje de Honiton, en imitación de un diseño antiguo. [Sus] joyas fueron un collar y aretes de diamantes turcos y el hermoso broche de zafiro de [su] querido Alberto.”

No fue sino hasta 1840, cuando la Reina Victoria se casó con el Príncipe Alberto de Saxe-Coburg-Gotha, que el blanco se convirtió en la regla, tal vez con ayuda de los avances en la imprenta y el auge de las revistas de modas que difundieron la idea; tal vez por el mayor acceso a este color que generaron las nuevas técnicas industrializadas de producción textil en el siglo XIX; tal vez porque la asociación del blanco con la pureza, la inocencia y la virginidad era acorde a los planteamientos victorianos sobre el papel de la mujer en la sociedad.

Lo cierto es que el vestido blanco sigue siendo la tradición para las novias en el mundo occidental, incluso años después de la boda de la Reina Victoria. Durante la década de 1920 se acortó y adquirió una figura tubular, en los 50s se volvió a anchar la falda para responder a la repuesta silueta del New Look y, con los años, se ha ido acomodando a la estética que define el estilo de su era. Con frecuencia, el vestido de novias ha sido decorado con detalles románticos como el encaje y los bordados de perlas, a veces resaltando distintas técnicas de producción textil nacionales y artesanales.  Y aunque siempre han existido mujeres amantes de la moda (o fashionistas, como diríamos en inglés) que se atreven a saltarse la norma y usar otros colores en sus bodas, el blanco es, por excelencia, el color del vestido de novia. Y su capacidad de perdurar en el tiempo, según Edwina Ehrman, curadora senior del Museo de Victoria y Alberto en Londres, es su capacidad de adaptación a través de los años. En sus propias palabras:

La razón por la cual el vestido de novia blanco ha sobrevivido es porque ha evolucionado para mantenerse a la moda. Persiste porque puede ser reinventado.

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Fotografía de la norteamericana Grace Kelly en el día de su boda con el Príncipe Rainiero III de Mónaco en 1956. El vestido fue diseñado por Helen Rose, diseñadora de vestuario de MGM, la compañía para la cual había trabajado Grace Kelly como actriz y que le regaló su vestido de bodas. El vestido fue hecho con encaje de Bruselas antiguo, una enorme cantidad de faille (un tipo de tafetán) color marfil para la falda, y más de 100 yardas de red de seda.

Lecturas adicionales

Lindsey Baker, “The Changing Face of Bridal Wear,” BBC Culture, 4 de mayo de 2018.

“Queen Victoria’s Influence on the Royal Wedding Gown,” ProQuest Blog, 17 de mayo de 2018.

Summer Brennan, “A Natural History of the Wedding Dress,” JSTOR Daily, 27 de septiembre de 2017.