Moda transatlántica: Una vista a la exposición “Ocean Liners” en el Victoria & Albert

Los transatlánticos —sin duda, las máquinas más grandes de su era— se han convertido en poderosos símbolos de progreso, estilo y modernidad. Desde mediados del siglo XIX y hasta finales del XX, estos enormes barcos revolucionaron el transporte oceánico y, con él, crearon una nueva noción de estilo de viaje. En la exposición Ocean Liners: Speed & Style (algo así como “Transatlánticos: Velocidad y estilo”, en el Victoria & Albert, 3 de febrero al 17 de junio de 2018), se explora el diseño y el impacto cultural de los transatlánticos —incluyendo el Titanic y el Queen Elizabeth II— alrededor del mundo. A través de 250 objetos, entre ellos pinturas, esculturas, indumentaria, fotografías y filmes, se explora la relación intrínseca entre el desarrollo de los transatlánticos y las modas a bordo.

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Aunque no se trata de una exposición de moda, la moda es esencial en la exposición. Esto lo hacen claro los curadores de la misma, al asegurar:

Vestirse en un transatlántico iba mucho más allá de la practicidad en alta mar. Embarcarse en un viaje oceánico era entrar en un reino de glamour transformador y fantasía escapista. Era una oportunidad para ver a la elite social y ser visto por ella; y la moda se convirtió en el centro de la experiencia.

La vida en un transatlántico estaba estructurada por estrictas divisiones entre clases y entre pasajeros y tripulación… todas ellas marcadas por el traje y sus diferencias. Hacían parte de ella una cantidad de eventos y rituales, el más importante de los cuales era la conocida grande descente: cuando los pasajeros de primera clase bajaban por la escalera principal hacia el comedor, ataviados en las últimas modas. Aquí, los pasajeros usaban sus mejores vestidos y trajes de gala para hacer parte de este escenario espectacular de exhibición social.

Las glamourosas mujeres aprovechaban para mostrar sus vestidos de diseñador y lujosos accesorios. Lady Marguerite Allan, por ejemplo, usó una famosa tiara de Cartier a bordo del Lusitania, en mayo de 1915.

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Tal vez el segundo momento más importante para la exhibición del estilo de los pasajeros era a la hora de abordar y desembarcar. Los pasajeros eran, ciertamente, el foco de atención en los puertos y vestían elegantemente con sastres bien pulidos y, cuando era necesario, con abrigos de piel o de paño. En 1950, por ejemplo, la actriz y eterna rubia dorada, Marlene Dietrich, abordó el Queen Elizabeth, ataviada con un ejemplar del New Look de Christian Dior.

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Pero no eran sólo las mujeres las que debían vestirse con sus mayores lujos en los transatlánticos: los hombres también vestían diversas pintas para distintas ocasiones, ataviados con trajes de gala en las noches y con frescas combinaciones de pantalón y saco durante el día.

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Además de los eventos elegantes, las actividades a bordo incluían deportes y momentos de ocio —ir a la piscina, jugar tenis, y hasta el tiro a palomas de barro—, que requerían ciertos tipos de ropa especiales. De hecho, la revista Vogue no dejaba de insistir en que el vestido de baño a la moda era de rigor para un viaje en transatlántico.

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Y finalmente, estaba el equipaje. Aunque muchos trataban de mantenerlo práctico, lo cierto es que los viajeros más clasudos terminaban llevando una enorme cantidad de baúles y maletas para poder trastear toda la ropa que la vida lujosa a bordo del transatlántico requería. Así, se adoptó el uso de equipaje de lujo, proveído por marcas como Louis Vuitton y Goyard, a veces personalizado y monogramado, y siempre muy chic.

**Fotografías cortesía del Victoria and Albert Museum, Londres