La Prisión del Vestido: Aspectos sociales del traje en América – Aída Martínez Carreño

En su libro La Prisión del Vestido: Aspectos sociales del traje en América, Aída Martínez Carreño estudia el desarrollo del traje en Colombia a partir de la llegada de los españoles. Según la historiadora:

Vestirse es parte de la estrategia de defensa y adaptación del hombre a su entorno y hacerlo se ha considerado como signo de civilización, pero el vestido es mucho más que la respuesta racional a la necesidad de protegerse de los elementos naturales: el traje facilita la expresión individual y la colectiva dado que su materialidad pone de manifiesto realidades e ideales; a través del atuendo se señalan diferencias étnicas, jerárquicas y sociales, se marcan roles y funciones sexuales. Aún más, la ropa denuncia situaciones internas del individuo, como su grado de adaptación al medio, sus sentimientos de autoestima y hasta su ideología política. El vestido es, en síntesis, un medio de comunicación (p. 17; énfasis original).

A pesar de un título prometedor y del temprano reconocimiento de la importancia social del traje para una comunidad y su historia, Martínez Carreño se queda corta en el análisis del componente social de la historia del traje en Colombia. En cinco capítulos, Martínez Carreño narra una reducida historia del traje en Colombia desde tiempos prehispánicos y hasta finales del siglo XIX. Su historia se reduce al recuento de algunas de las tendencias que se usaron, aunque sin evidencia de ellas. La historiadora se basa en la importante idea de transculturación del vestido, en donde se pueden ver antecedentes provenientes de distintas culturas y pueblos —africanos, asiáticos, europeos y prehispánicos— en la formación de la moda en Colombia, aunque con frecuencia evita señalar las formas específicas en que ésta se dio.

la prisión del vestido Aída Martínez Carreño

1. Trajes, modas e ideas: siglos XVI a XIX

Martínez Carreño considera al traje como una señal o un símbolo, cuya función es informar, ubicar y condicionar, para así conformar un lenguaje que determina la identidad y separa los roles de distintas personas en la sociedad. Aunque, en principio, el vestido responde a tres motivaciones básicas de los humanos —proteger el cuerpo frágil, mejorar la apariencia y expresar el pudor—, en España, a partir del siglo XV, el traje se convirtió en un elemento de control social, a partir del cual se expresaba honestidad y recato, se definía la pertenencia del que lo usaba a un grupo determinado de la sociedad (a veces llamado clase o casta) y contribuir, a través de las industrias textiles, al fortalecimiento económico y político de la economía. Con la conquista de América, estos valores fueron trasladados a la Nueva Granada y, así, a la Colombia actual.

En los siglos XVII y XVIII, particularmente, el vestido español fue un instrumento para instituir los ideales católicos de moralidad y el poder del imperio alrededor del mundo. Indígenas y esclavos africanos fueron vestidos, pues la desnudez de sus cuerpos era considerada impudorosa. Pero los trajes más lujosos, que incluían, entre otros, las prendas fabricadas en seda y con hilos de oro, eran considerados exclusivos para las clases más altas, prohibiéndose su uso a negros, mulatos, indígenas y algunos mestizos. Pero las leyes suntuarias (conocidas, con frecuencia, como “pragmáticas” en España), no fueron tan eficaces en el control de los vestidos que usaban las personas en América. En muchos casos, el vestido era usado conscientemente por algunos mestizos para identificarse con los españoles, borrando así las diferencias de clase que pudieran tener con los criollos. Y aunque la mayoría de los americanos adoptaron elementos del traje español y europeo, algunas comunidades indígenas —particularmente las que se mantuvieron más alejadas de los centros coloniales— lograron mantener sus vestidos tradicionales. En general,

Al reunir los aportes ideológicos y técnicas de culturas diferentes el vestido [americano] documenta etapas históricas y procesos sociales. Los cambios de la indumentaria en América [estuvieron] vinculados con la mestización étnica y cultural (p. 41).

Con la llegada del siglo XVIII y los cambios económicos, sociales y culturales ocasionados por factores como la caída del absolutismo en Europa, el creciente surgimiento del capitalismo y la burguesía, los fundamentos de la industrialización y el establecimiento de la monarquía francesa en España con Felipe V en 1700, se dieron también grandes cambios en la vestimenta. En la primera mitad del siglo, se favorecieron los lujosos estilos franceses, adoptados de la corte de Versalles. Más adelante, con la Ilustración, se promovieron estilos más simples, muchas veces inspirados en los estilos campestres ingleses y en los trajes drapeados clásicos. Con la Revolución Francesa, se dio un proceso de aparente democratización de la moda, que castigaba el lujo en el vestir y, asegura Martínez Carreño, propició el abandono del corsé y el miriñaque en las prendas femeninas. En América Latina también tuvieron efecto estos procesos: con la Independencia y el nacimiento de la República de Colombia se dio un proceso similar al de la Revolución Francesa, en donde algunos sectores de la sociedad castigaron el uso de vestimentas de lujo. Otras personas, particularmente los miembros de las élites locales, intentaron adoptar las modas francesas e inglesas de la época, aunque con frecuencia lo hacían de modo tardío y a su propia manera.

2. El vestido en la Nueva Granada: siglos XV a XVIII

Antes de la llegada de los españoles a América, existieron en el territorio colombiano grupos indígenas que elaboraron tejidos y telas con materiales naturales disponibles: fibras vegetales (como el algodón) y animales (como la lana). Además de las prendas que tapaban —con frecuencia parcialmente— sus cuerpos, los habitantes de América usaron una gran variedad de accesorios para decorar sus cuerpos, elaborados con plumas, metales preciosos y piedras. Con la llegada de los españoles, cambiaron las prendas que se usaban, así como su producción.

Uno de los primeros oficios en introducirse fue el del sastre: el primero de los cuales llegó hasta Santo Domingo con Cristóbal Colón en su cuarto viaje a América. Martínez Carreño estima que, en 1807, existían en Bogotá aproximadamente 50 maestros de sastrería, aunque su nivel de formación era bastante precario, comparado con sus colegas en Europa. Además, asegura la historiadora, las mujeres participaron en la producción de bienes textiles desde los comienzos de la colonia: las mujeres españolas enseñaron a indígenas y mestizas a bordar, coser y confeccionar encajes, una labor que fue empleada por mujeres de los distintos sectores de la sociedad.

La pieza principal del traje femenino en la América colonial fue la camisa, convirtiéndose en una de las primeras prendas traspasadas del traje español. Se usaron también bordados de seda para adornar vestidos femeninos y masculinos, y joyas de oro y plata, a veces con piedras preciosas, que incluyeron aretes, collares, relicarios, botones y broches. Algunas de las expresiones locales de la joyería incluyeron los brincos (piecitas de oro que se colgaban de las tocas y saltaban con el caminar de la que los usaba), la mota (una rosa de alambre forrada en seda negra y adornada con canutillo y lentejuelas, con una piedra preciosa o vidrio en el centro) y el tembeleque (una rosa de oro guarnecida de perlas gruesas).

Muchas prendas de vestir y materiales para fabricar vestidos fueron traídos a América desde Asia y Europa. Debido a los fuertes controles comerciales establecidos por la corona española, muchos de estos, además, entraron por contrabando. Más que ropa hecha, sin embargo, se traían “cortes” de telas para su fabricación, además de algunos accesorios y prendas de menor tamaño.

3. Producción y comercio de vestuario en el siglo XIX

Según Martínez Carreño, la producción fabril no fue estimulada durante la Colonia, razón por la cual se vio la necesidad de suplir las necesidades para la creación de vestimentas con materiales locales tras la Independencia, pues se había interrumpido el comercio con Europa. Los primeros gobiernos de la República se esforzaron por incentivar la industria textil nacional y autorizaron el comercio de productos provenientes de naciones aliadas.

Durante el siglo XIX, la incipiente industria textil colombiana estaba concentrada en Santander, en donde se producían las telas que consumía el común de las gentes: bayetas y jergas. El “lienzo de la tierra” y los tejidos de lana provenían, en su mayoría, de Quito. Además de estas telas rústicas, se manufacturaban sombreros de distintas fibras vegetales en las distintas regiones del naciente país. Martínez Carreño asegura que muchos de estos sombreros eran creados por mujeres, quienes dividían sus labores domésticas con la fabricación de sombreros, asegurando así un ingreso estable. Otros productos incluyeron la fabricación de calzado, principalmente alpargatas y quimbas (parecidas a las primeras pero con suelas y cordones de algodón).

Con el paso del tiempo, se establecieron los sastres, quienes además pudieron crear almacenes en los cuales vendían otros productos de vestir importados. Las modistas se encargaron de fabricar y divulgar adaptaciones de las modas francesas, inglesas y norteamericanas a las mujeres de la alta sociedad colombiana. Como en la colonia, muchos de los materiales y las prendas de vestir comerciados entraron al país por medio del contrabando.

4. La moda en Colombia durante el siglo XIX: 1819–1899

Después de 300 años desde la llegada de los españoles, asegura Martínez Carreño, el vestido en Colombia se había hispanizado —a excepción, tal vez, de los zapatos, pues muchos de los habitantes del país seguían andando descalzos para el momento de la Independencia—. Aunque con la Independencia se declararon ideales de igualdad, el traje siguió siendo usado como elemento diferenciador de los distintos grupos de la sociedad.

Los uniformes militares fueron uno de los primeros trajes republicanos en constituirse y diferenciarse del traje popular. Aunque se esperaba que los militares utilizaran casacas de distintos colores según el batallón, adornadas con charreteras e insignias, la realidad del traje militar era irregular y pobre: con frecuencia los soldados andaban vestidos de civiles y sólo los de rango más alto pudieron acceder a los uniformes deseados. El traje de civil masculino por esta época estuvo compuesto por pantalón y “fraque” (una especie de chaqueta con faldones largos). Las clases más altas llegaron a usar chalecos y corbatas de seda, y fraques elaborados con finos materiales importados. Los de las clases populares, por el contrario, usaron pantalones anchos y cortos, camisa y ruana, elaborados con telas más toscas.

En contraste con la vestimenta masculinas, que se mantuvo relativamente estable a lo largo del siglo, la de las mujeres experimentó una variedad de cambios con el comienzo de la República. Aunque las mujeres neogranadinas se esforzaron por adoptar las modas europeas, asegura Martínez Carreño, muchas veces fallaron al hacerlo y se observan particularidades en la forma en que llevan la ropa. Las señoras de clase alta usaban mantillas sobre la cabeza, con frecuencia adornadas con peinetas y peinetones, camisas y enaguas (o faldas). Para salir a las calles, usaban chapines (una especie de suecos con plataformas de corcho) sobre las medias de algodón y se cubrían el torso con la mantilla; para viajes largos, además, usaban sombreros. En ocasiones especiales, usaban babuchas de seda o cordobán, accesorios de flores naturales, lazos y joyas. Las mujeres de clases populares también usaban vestidos compuestos por manto, camisa y falda, aunque estos eran elaborados en materiales de menor calidad; con frecuencia, ellas no usaban zapatos.

La apertura (1880–99)

En las últimas décadas del siglo XIX, el cambio en la vestimenta fue inminente en Colombia; lo lideraron las personas de un nivel socioeconómico más alto. Martínez Carreño asegura que, para propiciar el cambio, se utilizaron los uniformes estudiantiles, que le enseñaban a los jóvenes a vestirse y comportarse de la manera deseable. Además, se desarrollaron nuevos estilos de vestidos y accesorios, que fueron comercializados con la ayuda publicitaria de la prensa local.

5. El traje nacional

El último capítulo del libro lo dedica Martínez Carreño al “traje nacional” o el traje típico americano, distinto de los trajes españoles que estudió en los capítulos anteriores. El capítulo inicia con una introducción de la ruana como un elemento del traje esencialmente mestizo, que surgió de la pobreza y de la mezcla de influencias prehispánicas y españolas, incluyendo los mantos indígenas y los capotes medievales españoles. Otros elementos tradicionales del traje americano presentados por la historiadora incluyen la mantilla o el pañolón, en el cual confluyen tradiciones españolas y árabes; las camisas, que iniciaron siendo prendas interiores y poco a poco se convirtieron en exteriores; el carriel antioqueño, que la historiadora asocia con el bolso que aparece en retratos de altos sacerdotes judíos; y la manta guajira, que refleja una respuesta al clima no distinta de aquella en algunas comunidades de África.