Respuesta a Lila Ochoa, o sobre cómo la moda sí es para mandar mensajes

Había dejado de leer la revista Fucsia hace años —tal vez a excepción de una que otra ojeada en casa de mi abuela, cuando venía a Colombia de vacaciones— porque simplemente me rendí. Me cansé de esperar a que la revista finalmente se alzara en el potencial que tiene como plataforma para la moda en el país, más allá de mostrar los mismos cinco diseñadores colombianos que ya todos estamos cansados de ver (así los amemos), entre un centenar de páginas que muestran, vacíamente, las tendencias de la moda europea y (sólo a veces) la norteamericana: fotos de las pasarelas de Gucci y Dior, un par de modelos negras para cumplir con la cuota de diversidad, y algún comentario contradictorio sobre la belleza, el cuerpo y el amor propio.

Pero no pude evitar volver a ella cuando vi —gracias a las redes sociales— la controversia que causaron los comentarios de Lila Ochoa, editora general de la revista, sobre la relación entre la moda, la sociedad y la política. Como la asidua estudiosa de esos temas que soy, no pude evitar querer leer y, por supuesto, opinar.

El planteamiento de la editora es contradictorio, como tantas otras cosas —y en efecto la esencia misma— de la moda. En su carta editorial asegura que “la moda no es para mandar mensajes, sino para sentirse bien.” Pero termina con que:

La moda es seria en el sentido de que refleja los momentos de una sociedad, pero también es divertida. Sin olvidarnos del peso que tiene para cada cultura.

¿O sea que la moda no es política, en el sentido de que no manda mensajes, pero al mismo tiempo los lleva en ella todo el tiempo, pues refleja los grandes momentos de la sociedad? Me pregunto, entonces: ¿cómo puede ser la moda una transmisora inherente de mensajes y al mismo tiempo no ser usada para transmitirlos?

Más curiosos —por no decir contradictorios— son los comentarios de la editora en su escrito sobre “Lo que va a estar de moda” (páginas 24–27, para los que tengan la revista) en la primavera/verano del 2018 —y vale la pena de paso cuestionar si esto debería ser incluido en una revista dirigida al público de un país sin estaciones—. La editora asegura que, aunque muchos creen que “la moda es un capricho banal y que obliga a gastar, […] la realidad es que es el reflejo de la sociedad.” La moda es “una vitrina de las emociones y los momentos de una sociedad [y esto] lo refleja con honestidad.” Pero, a pesar de todo, asegura que “vestirse no se puede volver un tema de filósofos ni extremistas” y que “no es necesario entrar en tantas controversias ni tantos cuestionamientos.”

Yo le pregunto: ¿por qué no?

Si Ochoa reconoce que la moda refleja las preocupaciones de la sociedad, entonces ¿por qué no podemos hacer de ella un tema filosófico?

Es cierto que muchas mujeres usan ciertas prendas casi sin pensarlo porque “están de moda” o son una de esas tendencias que tanto promueven revistas como la misma Fucsia. Pero hay otras que encontramos un significado un poco más cargado en la ropa que elegimos usar. Por ejemplo, yo uso pantalones con coloridos estampados florales (y muchas veces diseñados por colombianos) en Nueva York para recordarle al mundo que, así no lo parezca, soy latina, soy colombiana. En Bogotá uso pantalones y vestidos anchos para incomodar al ojo que no está acostumbrado a nada que no sean jeans entubados y sacos preppy. Hay quienes usan minifalda para mostrarle a los que se las cruzan que, a pesar de tener piernas, tienen grandes cerebros pensantes. Y hay quienes simplemente prefieren usar camisetas, pantalones holgados y tenis, porque esa es su forma de salirse de los tropos sociales de la feminidad.

En el Renacimiento, a las mujeres las vestían con las más lujosas telas de terciopelo, con brocados de oro y bordados de perlas, precisamente para mandar el mensaje de poder económico —y por ende social— que poseían sus familias. A finales del siglo XIX, algunas mujeres dejaron de usar faldas —las cambiaron por los famosísimos bloomers— para abogar por sus derechos. En los setentas, las hippies dejaron las prendas comerciales para adoptar prácticas más sostenibles que promovían prácticas más artesanales y la ropa reusada.

El punto aquí es que la ropa sí está para mandar mensajes, y lo ha estado por siglos. Y sea cual sea la forma de enviar mensajes a través de la ropa, todos son válidos. Eso, si la mujer —y el que usa ropa, que obviamente no son sólo mujeres— lo quiere. Y si sabe usarla dentro del contexto que la rodea, para enviar los mensajes sociales, políticos y culturales que son más relevantes desde su experiencia directa.

El problema aquí es que, como tantas otras cosas en Colombia, nos cuesta entender nuestro propio contexto, más allá de copiar lo que pasa en Estados Unidos, que casi siempre nos lo tomamos como propio. Nos cuesta entender, por ejemplo, que las elecciones políticas de este año pueden cambiar nuestro entendimiento del país y, con él, nuestra forma de vestir; que el acoso sexual en las calles de nuestras ciudades no debería ser justificado por que “la mujer estaba vestida para provocarlo” y en realidad todos deberíamos poder ponernos lo que queramos, sin tener miedo de recibir miradas y comentarios indeseados; y que nuestra historia cultural es tan rica que debería inspirar las colecciones de nuestros diseñadores tanto como los chintzes de la india y los clásicos diseños de Chanel han inspirado a los europeos.

Un segundo problema está en que las mismas personas en el sistema de la moda —los fashion insiders, diríamos en inglés— del país son las que prolongan esta idea de que la moda es banal y no digna de ser considerada desde una perspectiva más teórica y rigurosa. Personas como Lila Ochoa, que parece reconocer que la moda habla de su momento social casi más por “seguir la moda” de los extranjeros —que ya han empezado a entender, realmente, el valor político de la moda— que porque entienda el contenido de la frase.

Y con esto termino mi comentario. La moda sí es un reflejo de la sociedad. Por esto precisamente es que está hecha para mandar mensajes. Ya es hora de que los mismos amantes de la moda en Colombia empiecen a tomársela más en serio.