¿Celebrando a la mujer?

Celebrating International Women's Day

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8 de marzo. Día internacional de la mujer.

Por algún motivo, posiblemente ligado al poder infalible del patriarcado que me vio crecer, este día trae el recuerdo vago de una extraña tradición celebrada por primera vez en la infancia: rosas, palabras cursis, frases vacías sobre el poder femenino. Una tradición a la que, hace ya varios años, me le rebelé, y gracias a la cual, año tras año, en esta fecha, sigo recibiendo el mismo mensaje de mi mamá:

Ya sé que no te gusta que te lo diga, pero feliz día de la mujer. [Foto de una rosa, acompañada de alguna frase cursi sobre la belleza femenina.]

No es que no me guste, maui. Es que el día de la mujer, si lo vamos a celebrar, tiene que ir más allá de la superficie y de la belleza de la rosa.

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La historia del día de la mujer se remonta a 1908, cuando las trabajadoras del sector textil en Nueva York entraron en huelga, reclamando sus derechos laborales. Con su labor manual cuasi-esclava, sometidas a interminables horas de trabajo encerradas, sin comer ni ver la luz del día, en las fábricas—y esto sin contar que, además, tenían que llevar “tarea” para adelantar en casa incluso después del pesado horario laboral, de atender a maridos e hijos, de hacer todas las labores no-pagas que ser mujer todavía requiere en nuestra sociedad—, eran estas mujeres las que vestían y energizaban a un país cada vez más próspero. Parece irónico que tuvieran que entrar en huelga para reclamar sus derechos básicos, incluidos el poder comer, entrar al baño, dormir…

Más irónico es que, pocos días después del primer día internacional de la mujer, convocado oficialmente en 1911, un grupo de trabajadoras textiles murieran en la catástrofe del “Triangle Shirtwaist Factory Fire,” en Nueva York: se incendió el edificio de la manufactura que las empleaba y ellas, encerradas para que no le ‘robaran’ horas a su empleador, no pudieron escapar de las llamas.

Pero el colmo de la ironía está en que hoy, 106 años después de que más de un millón de mujeres y hombres marcharon por primera vez en varios países del mundo para reclamar los derechos de las mujeres—laborales, al voto y a ejercer funciones públicas—, para exigir la posibilidad de estudiar y ser entrenadas, y para terminar la discriminación de género en el trabajo, tengamos que seguir luchando por lo mismo.

Luchando por nuestros derechos. Luchando por ser valoradas. Luchando por la igualdad.

Sí, la igualdad.

Porque no es que seamos superiores. Pero estamos cansadas de ser tratadas como inferiores hasta tal punto que muchas nos hemos creído el cuento.

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Que los hombres tuvieran el control del mundo hace mil años, dice Chimamanda Ngozi Adichie, era (más o menos) entendible, pues en el estado semi-salvaje en que la humanidad todavía se encontraba, se requería de fuerza física para tener poder. Y en muchos casos (con incontables excepciones), son los hombres los que la tienen. ¿Pero hoy? ¿No deberían liderar aquellos que son inteligentes, creativos, innovadores? ¿No debería estar más allá de nuestro órgano reproductivo?

Y aun así, las Naciones Unidas tienen que poner como meta para el 2030 la igualdad de género en el espacio laboral. Su Secretario General nos tiene que recordar—haciendo honor a Hillary—que:

Los derechos de la mujer son derechos humanos. Sin embargo, en estos tiempos tan difíciles, a medida que nuestro mundo se vuelve más imprevisible y caótico, los derechos de las mujeres y las niñas se ven reducidos, limitados y revocados.

Pero que nuestros derechos se vean reducidos no tiene que ver con un mundo caótico. Todo lo contrario: parece ser una constante en la historia de la humanidad, a pesar de los ciclos sociales y económicos que hemos enfrentado a través de los tiempos.

Por esto es que no me entran las palabras cursis en un día como hoy.

Porque, a lo largo de la historia, se ha resaltado el amor de la mujer, su entrega, su capacidad de embellecerlo todo… y esto no hace más que limitarnos al rol femenino impuesto por el patriarcado: de virgen y angel, de luz del hogar, de segundo plano en la sociedad.

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En su comunicado para hoy, el señor Guterres también nos hace una invitación:

En el Día Internacional de la Mujer, debemos comprometernos a hacer todo lo posible para superar los prejuicios arraigados, apoyar la participación y el activismo y promover la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer.

Sí. Superar prejuicios. Superar la idea de que la mujer, frágil y bella, no es más que la flor que cuida de nuestra humana inocencia. Nada que nos cueste más como humanidad.

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Judith Butler habla de la importancia de romper los patrones de repetición a la hora de cambiar estereotipos de género. Cuando dejamos de seguir las reglas sobre lo que es “ser mujer” (u hombre, si a eso vamos), aquellas que se nos enseñan desde niños, que tenemos tan aprendidas que ni siquiera nos damos cuenta de pensarlas, estamos dando pasos hacia la igualdad.

En estos días me encontré una campaña de redes sociales que pretende hacer exactamente eso: #BeBoldForChange (su versión más apropiada en español es #MeComprometo). A través de pequeñas acciones intencionadas podemos romper con los patrones preestablecidos y crear una nueva realidad, avanzar hacia la igualdad.

Y la sola idea de estas pequeñas acciones diarias, que en el largo plazo nos pueden llevar a la igualdad, me motivó a escribir. A encontrar la inspiración perdida en un mundo que rechaza el arte, la moda, lo femenino.

Por eso retomo mi misión como historiadora, como mujer en la academia: la de escribir la historia de la mujer y de la moda, de mostrarle al mundo que “lo femenino” no es inferior, de empoderarme y empoderar a las que están a mi alrededor para que, algún día, nuestros nietos sepan lo que es vivir en igualdad. De celebrar el día internacional de la mujer con rosas, no por su belleza, fragilidad y carácter efímero, sino por el poder de sus rojos pétalos, la audacia de sus espinas.

 

**Fotografía vía Andrey Yakolev & Lili Aleeva