La “garçonne” en Colombia, según los archivos de Fotografía Rodríguez en la Biblioteca Pública Piloto

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Una de las preguntas que, como historiadora de la moda colombiana, me hago con más frecuencia, es cuestionando la veracidad de las representaciones del traje en nuestro país en los años anteriores a la aparición de la cámara. Aunque, hasta hace relativamente poco, posar para una foto incluía una delicada selección del ajuar que en ella se mostraría—y sigue haciéndolo, en ocasiones—podemos afirmar que las prendas que en ella aparecen son reales; son mucho más que el producto idealizado de la imaginación del artista entrenado para mostrar, con una serie de códigos visuales, el poder del protagonista de su obra, o una copia del modelo europeo a la que se le añade la cara del personaje americano.

Que el modelo a seguir sea el europeo no es una sorpresa para nadie pues, a pesar de habernos declarado independientes hace más de 200 años, seguimos siendo los hijos más fieles de España, nuestra Madre Patria. Eso sin contar que, en la tan estructurada jerarquía de la moda global, París y, desde principios del siglo XX, Nueva York, son el centro regente del mundo de la moda y el resto es la periferia, implicando, por su puesto, que las tendencias de moda se generan en estos centros y sólo se copian, usualmente con retraso, en los demás lugares. Pero en un mundo tal vez menos globalizado que el de hoy, en donde los medios de comunicación fluían más lentamente y en donde el transporte era tan dificultoso, vale la pena preguntarse si las tendencias efectivamente se transmitían y, de hacerlo, con qué rezago. Hoy me propongo analizar el caso del look de la garçonne, basado en unas hermosas fotografías publicadas online por la Biblioteca Pública Piloto.

La década de los 20 llegó a Colombia con la indemnización pagada en 1922 por Estados Unidos por la independencia de Panamá y la construcción del Canal, trayendo lo que se conoce como la “danza de los millones”, en donde la economía y el gasto nacionales prosperaron, aunque brevemente, gracias a la súbita entrada de dinero al país. Este fenómeno, si bien fue único en Colombia, coincidió con el auge económico de la década en Estados Unidos, conocido como los “Roaring Twenties” (algo así como los “rugientes veintes”) en donde los lujos y las extravagancias en el vestir, en la arquitectura y el diseño, y en el estilo de vida en general, se convirtieron en el diario vivir.

Tras haber ganado el derecho al voto con las elecciones presidenciales de 1920, y ayudada por el ambiente fiestero de la década, la mujer estadounidense se vio inspirada a tomar nuevos estilos de vida fuera del ámbito familiar. Representada plenamente en la novela de Victor Margueritte La garçonne (de donde recibe su nombre) y con una figura idealmente delgada y aniñada, masculina y con cabello corto, con intensas decoraciones en las telas y lujosos accesorios, y con faldas cortas, siempre lista para bailar, esta mujer, también conocida como flapper, causó sensación y terror en los rugientes veintes.

Aunque dudo que la flapper, tal cual, haya alguna vez pisado tierra en Colombia, lo cierto es que, en las modas al menos, sí llegó y durante los mismos veintes. La falda, cuyo dobladillo se había ido elevando desde el inicio del siglo y gracias a la colaboración de Mlle. Chanel y Mme. Paquin, y cuya figura se había ido adelgazando desde las escandalosas innovaciones en el diseño de Poiret, tomó su forma más corta y esbelta sobre el cuerpo de la garçonne. El corte de la cintura bajó a la cadera y la cintura que antes dividía el cuerpo de la mujer en dos, ayudado por el fiel corsé, desapareció. El cabello se cortó y fue adornado por redondos y juguetones sombreros, a veces adornados por detalles florales o lujosos broches de joyería fina. Y el look lo completaban los coquetos zapatos que, al ritmo de la alegre vida de esta nueva mujer, siempre la acompañaban con su flap, flap, flap.

Aunque esta imagen a más de uno lo haga pensar únicamente en las maravillosas ilustraciones de moda creadas por Doucet o para adornar las páginas de la Gazette du Bon Ton, y que todavía invaden por su belleza las colecciones de Pinterest de amantes de la moda en todo el mundo, o en la muy estilizada película del Gran Gatsby, también fue la imagen que caracterizó a muchas mujeres colombianas durante la década de 1920. En las fotografías tomadas por Horacio Marino y Luis Melitón Rodríguez Márquez durante los 20s y los 30s, y que hoy pertenecen a la colección de la Biblioteca Pública Piloto, podemos ver claramente a esta irreverente mujer, con su sombrerito redondo, su cabello corto, y su picardía de niño/niña, en una Antioquia ya desconocida para nosotros. Pero, eso sí, siempre adaptada a la tradicional sociedad colombiana y al recatado ideal de feminidad que la caracteriza: la falda más larga, los estampados más sutiles, el lujo de los accesorios más recatados.

León de Greiff y María Teresa Matilde Bernal Nicholls el día de su matrimonio. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1927, 20 x 25 cm. Biblioteca Pública Piloto.

 

Damas de honor del matrimonio de Sofía Posada. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1930, 20 x 25 cm. Biblioteca Pública Piloto.

 

Mayereslay Gaby. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1922, 13 x 18 cm. Biblioteca Pública Piloto.

 

Teresa Santamaría de González y grupo de mujeres en el Instituto de Bellas Artes. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1925, 13 x 18 cm. Biblioteca Pública Piloto.

 

Primera comunión de niñas. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1926, 13 x 18 cm. Biblioteca Pública Piloto.

 

* Este artículo fue escrito para ser publicado en vanessarosales.com

* Fotos de la Biblioteca Pública Piloto.