Reflexiones de estilo

Reflexiones de estilo: Enfrentando el calor insoportable

En términos de mi estilo personal, una de las cosas más difíciles de mudarme a Nueva York ha sido el verano. Algunos de ustedes pensarán que vivir en Colombia es sinónimo de calor de 40ºC todos los días y usar shorts y bikini todo el tiempo. Pero, la verdad es que, si vives en Bogotá, como lo hice durante más de veinte años, probablemente sentirás más frío que calor, y tendrás que aguantar muchos días de lluvia. Esto, como te lo podrás estar imaginando, es casi lo opuesto de un verano en Nueva York, donde la temperatura es mayor a 25ºC casi todos los días, el sol brilla sin parar, y la humedad es tan intensa que hasta causa dificultad respiratoria.

Por qué dejé el “Fast Fashion”

Escribí este artículo para el blog de una amiga a comienzos de año y, por alguna razón, no he parado de pensar en él recientemente. El tema del “fast fashion” y su impacto en las vidas de consumidores y trabajadores de la industria siempre me ha fascinado, así que decidí revivir mi artículo para compartirlo con ustedes.

Hace un año, durante la semana de orientación en Parsons, una de mis profesoras le preguntó a un grupo de nuevos estudiantes de posgrado si alguna vez habían comprado algo en Forever 21. En estado de pánico por el primer día de clase, el salón se quedó en silencio absoluto, que sólo la profesora interrumpió: “¿Cómo así? ¡Ropa interior a 3 dólares! ¿Quién no la compraría?”

Now You’re in New York…

Ayer marcó un año desde que llegué a Nueva York. No era la primera vez que pisaba esta ciudad pero era, definitivamente, la primera vez que lo hacía con la intención de quedarme—al menos por dos años.

Viajé por la noche, y ese fue uno de los vuelos más agotadores de mi vida. Normalmente soy el tipo de persona que se queda dormida antes de que despegue el avión y, en la mayoría de los casos, no me despierto sino hasta que el avión está apunto de aterrizar. En este momento me pongo a leer el libro que siempre llevo conmigo, y casi siempre logro pasar algunas páginas mientras volvemos a tierra firme. Pero este vuelo fue diferente. Estoy segura de que no dormí nada y, muy probablemente, tampoco pude leer una sola palabra. Estaba tan emocionada por todo lo que se venía, que ¡mi cabeza no se quedaba quieta!