Reflexiones de estilo: Sobre el uso del traje de princesa en el diario vivir

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Mi hermana siempre ha sido un personaje, especialmente cuando se trata del vestir. Cuando era una niña, siempre andaba por toda la casa en bikini, asegurando que el clima bogotano, tan perfectamente frío, era demasiado caliente para usar más ropa. También se obsesionaba con sus disfraces de Halloween y los usaba durante meses. Tal vez el más memorable fue uno de Bella, la princesa de Disney que protagoniza La bella y la bestia. El vestido estaba hecho en tela tornasolada con lentejuelas doradas, y venía acompañado de su coronita y taconcitos brillantes de plástico que le hacían juego. Y estoy segura de que la única razón por la cual mi hermana lo dejó de usar fue porque el vestido se volvió pedazos de tanto que lo usó.

Siempre que pienso en nuestra infancia, la imagen de mi hermana caminando como una Reina en su vestidito dorado viene a mi mente. Y hasta hace unos días, siempre me reía y pensaba por qué preferiría usar un incómodo vestido de lentejuelas en lugar de una sudadera o incluso sus amados vestidos de baño. Pero después de sentirme como una princesa en mi propio vestido hace unos días, creo que por fin la entiendo.

Me puse este hermoso vestido rosado, adornado con florecitas y salpicado con lentejuelas, que me hizo sentir como una verdadera princesa, para el baile en beneficio del Apollo Circle. El peso del vestido fue lo que me mantuvo de volar al país de las maravillas, pero creo que nunca me había sentido tan bien en la vida. Y, aunque vivir en Nueva York no me permitiría usarlo todos los días, si pudiera lo haría.

Es increíble el impacto que la ropa tiene en nosotros, en nuestra forma de sentir y ver el mundo, en nuestro psyche. Con mi vestido rosado me sentía, más que como una princesa, poderosa y divina. Sentía que podía conquistar el mundo si quisiera… Puedo llegar a asegurar que me sentía más cerca de mi verdadero ser de lo que jamás he estado. Y es que cada aspecto del vestido contribuía a esta increíble sensación: hasta el sonido del tul cuando me movía, el swish de la falda cuando rozaba el piso al caminar, y la forma en que la tela abrazaba mi cintura y bajaba hasta cubrirme los pies.

Pero, al final de la noche, cuando volví a casa y me quité el vestido, toda la magia desapareció, al mejor estilo de Cenicienta. Y aunque no he podido parar de pensar en esa noche, de ver las fotos y tratar de recordar la sensación, nunca es igual cuando uno está usando jeans o un abrigo o una falda de paño.

Así que ahora entiendo.

Mi hermana no usaba su disfraz porque le gustara la piquiña de las lentejuelas, ni porque fuera una niña demasiado rara—aunque yo siempre lo pensé—. Lo usaba porque la dejaba sentirse empoderada y hermosa y todas esas cosas buenas que a veces no logramos con la ropa aburrida del diario vivir.

Pero si la ropa normal del diario es aburrida, ¿cómo se supone que vamos a vivir felices por siempre?

Creo que la principal razón por la que me sentí tan empoderada en mi vestido rosado fue porque lo compré sin pensar en las opiniones de los demás, sin tener en consideración las tendencias actuales, e incluso sin preocuparme por que fuera a ser “demasiado.” Lo compré porque, en el momento en que me lo vi puesto en el espejo, el mundo desapareció, el tiempo paró, y todos mis sentidos se sumergieron por completo en la belleza de la experiencia. Fue magia pura.

Desafortunadamente, usar mi belleza rosada todos los días no es una posibilidad, porque sería demasiado. Pero la magia que sentí usándolo sí debería regir nuestras prácticas de vestir en el diario vivir. Nuestra ropa siempre debería darnos esa sensación imparable de empoderamiento, y el proceso de vestirnos debería incluir la lucha por lograr una satisfacción completa, felicidad pura, y la verdad de nuestro ser.

Así que he decidido, al menos por ahora, de olvidarme de las tendencias y de la nueva prenda “it” o de las prendas más nuevas en Moda Operandi y Net-A-Porter. En lugar, he decidido encontrar algo de verdad a través de mi ropa. He decidido que quiero expresar mi propio sentido del arte, mi personalidad y mis creencias a través de la ropa que uso. Y, lo que es más importante, quiero sumergirme en una exploración sartorial que, en lugar de someterme a la ansiedad de alcanzar la velocidad imparable de las tendencias, me ayude a encontrar mi verdadero ser a través de uno de los fenómenos sociales que más me fascinan: la moda.