Carolina Herrera y el sueño de ser mujer

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Nacida en Venezuela, Carolina Herrera, como pocas mujeres latinoamericanas de la primera mitad del siglo pasado, tuvo el privilegio de crecer en contacto con Europa y con la magia del mundo de la alta costura parisina. Fue este contacto con la capital mundial de la moda, con el arte de genios creativos como Cristóbal Balenciaga, lo que llevó a Carolina Herrera adquirir un sentido de la estética tan fascinante, que ha logrado embrujar a hombres y mujeres por décadas. En cada una de sus creaciones es posible ver el reflejo de su historia, aquella mezcla de referentes latinoamericanos que hacen parte de nuestro imaginario cultural, con la feminidad y elegancia de la alta costura europea, creando una conversación única y maravillosa, que nos sigue encantado a pesar del paso de los años. Esta estética, que no hace más que exaltar la belleza de la mujer, es el resultado de unos ojos que estaban acostumbrados a contemplar cosas bellas y de una mente brillante, que sabe combinar de manera armoniosa y perfecta la belleza de dos mundos aparentemente opuestos.

La habilidad de contemplar lo bello, adquirida no sólo en las visitas a las pasarelas de alta costura en París, o en el paso de esta increíble mujer por Emilio Pucci, fue alimentada, también, por Nueva York. Ciudad cosmopolita y agitada, Nueva York vino a representar, en el siglo XX, la cúspide de la modernidad y el poder estadounidenses, y logró reunir a los personajes más influyentes del país en un solo lugar. No cabe duda de que las largas noches de cócteles y amigos en el Metropolitan Club, las charlas con Diana Vreeland y el paso por Studio 54 bajo la mirada de Andy Warhol fueron grandes influencias para Carolina Herrera. Pero Nueva York también es una ciudad de inmigrantes; una ciudad en donde la única constante es el flujo de extranjeros que llegan con sus maletas de sueños buscando rehacer su vida y escribir una nueva historia. Esta mezcla de lo tradicional con la novedad, de la alta sociedad con los trabajadores de fábricas, de una infinidad de mundos distintos en un mismo espacio, tan representativa de la ciudad moderna, resultó ser el ambiente perfecto para que Carolina Herrera y su gran genio creativo emergieran y crecieran.

Walter Benjamin, en su estudio de la ciudad moderna, habla de las técnicas de bricolage o montage como el mejor arma para entender la vida cotidiana. Es a partir de la toma de varios elementos presentes en el día a día que se puede entender la sociedad, y el rol del científico social no es más que tomar todas estas influencias para unirlas en una sola historia coherente. Durante años, sociólogos y antropólogos han intentado seguir los dictámenes de Benjamin, buscando la forma perfecta de unir pedazos de distintas vidas individuales, de distintas influencias, y crear una conversación fluida. Pero ninguno ha logrado un arte que se parezca, en lo más mínimo, a las creaciones de Carolina Herrera.

Lejos de ser una científica, y probablemente sin intención de entender cómo funciona la vida diaria en la modernidad, Carolina Herrera ha logrado crear un lenguaje visual propio, tan característico de sus diseños, en donde el collage es el alma de su creación, compuesto de distintos referentes que han pasado por la vida de esta maravillosa diseñadora.

 

Vemos, en su adoración por la falda—las faldas son preciosas… se mueven muy bien y son muy femeninas. Ellas hacen que las mujeres se vean realmente como mujeres—y en el constante uso de las flores en sus creaciones, el legado del folclor latinoamericano, de los estampados caribeños y tropicales que se mueven con el ritmo de tambores y el baile de las caderas latinas. Pero las faldas de Carolina Herrera, lejos de pertenecer al desorden de las fiestas carnavalescas de América Latina, son creaciones elegantes, fabricadas detalladamente en talleres de alta moda, que se han convertido en las prendas más deseadas por la mujer moderna amante de la moda. Son faldas que, si bien están inspiradas en el folclor latinoamericano, no dejan de mostrar la elegancia de la tradición europea de la Alta Costura tan apetecida en el mundo de la moda. Esta readaptación de los referentes culturales latinoamericanos es la protagonista de la feminidad que impulsa Carolina Herrera. Lejos del ideal voluptuoso y sexy que hoy representa a la mujer latina, la feminidad de Herrera es más simple y recatada—dama es aquella que no le interesa tener muchos hombres a sus pies sino uno a su altura—.

El énfasis de Carolina Herrera en el detalle—yo amo la feminidad sin estridencias, con un estilo elegante que se fija en los detalles importantes—es otra de las principales fuerzas que constituyen la magia de la feminidad en sus creaciones. La simplicidad de sus diseños, siempre resaltada con detalles modernos, es la que le brinda el aire atemporal, tan adorado, a todas las creaciones de Carolina Herrera. Son los detalles los que hacen a la mujer elegante y femenina, fuerte y arrolladora. El uso de colores y de flores, al mejor estilo tropical, en los diseños de Carolina Herrera, reemplaza cualquier necesidad de extravagancias en la creación de una bella y poderosa imagen femenina. El uso del rojo, aquel rojo de los atardeceres en las llanuras venezolanas, que ha llegado a simbolizar perfectamente a la casa, realza la belleza de la mujer y le da la oportunidad de usar la sensualidad como su más fiel arma. Pero esta sensualidad es sutil, elegante y agraciada. Es una sensualidad que deja mucho a la imaginación y esto, precisamente, es lo que hace a la feminidad de Herrera tan bella creación en la actualidad. La simplicidad en el vestir, el uso de colores que apelan a los sentidos, y el poder realzar ciertas características a través del uso de detalles rojos son las principales lecciones que le deja Carolina Herrera a la mujer moderna.

Pero más allá de las cuestiones de estilo, las mujeres del siglo XXI tenemos que aprender de Carolina Herrera toda una lección de vida. Tal vez no muy lejos de todos los inmigrantes de Europa del Este que alguna vez llegaron a Nueva York en busca del sueño americano, Carolina Herrera llegó a esta ciudad con una mente positiva y soñadora, con ganas de triunfar, y con confianza en ella misma. Fiel creyente en el poder de la perseverancia—lo imposible no existe para una mujer, sólo le toma tiempo conseguirlo—, Carolina Herrera ha logrado llevar su nombre a la cima del mundo de la moda y ha llegado a representar una de las ciudades más deseadas del mundo. En el camino, ha dejado una huella importantísima para la construcción moderna de la feminidad, que debe alimentarse de las libertades de las que goza la mujer hoy en día, pero que está claramente basada en conceptos tan tradicionales como las técnicas de Alta Costura. Carolina Herrera aboga por un estilo que va más allá de la frivolidad y el dinero—la elegancia y el estilo no tienen nada que ver con el dinero—, y cree en la feminidad como resultado de una mujer inteligente y sabia. Carolina Herrera nos enseña, como ninguna otra diseñadora latinoamericana, sobre el poder de los sueños—las únicas mentiras que se pueden hacer realidad son aquellas llamadas sueños—y la belleza de ser mujer.

*Este artículo fue escrito originalmente para Inedito.co